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Una solución a nuestra soledad: la covivienda


El paisajista Frederick Law Olmsted, por ejemplo, imaginó metrópolis similares a la Ciudad Esmeralda, con lavanderías, panaderías y cocinas públicas, que aliviarían parte de la carga de las amas de casa. Los servicios públicos como el drenaje, las alcantarillas y las aceras harían que las calles fueran más atractivas para las mujeres. Activistas por los derechos de la mujer como Charlotte Perkins Gilman y una feminista hoy olvidada llamada Melusina Fay Peirce imaginaron cooperativas similares a las de Eastern Village en condominios, con lavanderías, salas de costura, cocinas y comedores comunitarios. Peirce lo llamaba “cooperativa de trabajo doméstico” y pensaba que las mujeres debían ganar dinero con ello.

Sin embargo, durante los primeros años del siglo XX, esos ensueños quedaron relegados a las novelas de ciencia ficción. Muchas fuerzas convergieron para impedir que se hicieran realidad, entre ellas el “miedo a la marea roja”, cuando los políticos desarrollaron una alergia a todo lo que pareciera tener un tufo a socialismo o feminismo. Junto con los constructores, empezaron a promover la casa de ensueño unifamiliar, con un “Señor Propietario” y su feliz ama de casa.

En la actualidad, casi tres cuartas partes de los terrenos residenciales en las zonas metropolitanas se destinan a este tipo de casas y patios. A su alrededor, han crecido carreteras y trenes urbanos. Para protegerlas de la contaminación del comercio y la industria, así como para mantener los barrios blancos y ricos alejados de los negros y más pobres, se redactaron elaborados códigos de zonificación excluyentes. La distancia entre el hogar y todo lo demás impuesta por estas leyes es la razón por la que la mayoría de los estadounidenses necesitan conducir para ir al mercado o al trabajo.

En la época en que la mayoría de los jefes de familia eran hombres y hacían el viaje al centro de la ciudad sin el peso de las preocupaciones domésticas, un largo viaje al trabajo no era un gran desafío logístico. Hoy, las madres también hacen esos desplazamientos, pero siguen teniendo cargas domésticas. Trabajar desde casa solo mejora la situación si se dispone de una guardería.

En parte, la covivienda surgió como una solución al problema de equilibrio entre la vida laboral y personal. En 1969, Hildur Jackson —una de las muchas pioneras de la covivienda, especialmente elocuente— vivía en una casa en Copenhague, se había graduado de la escuela de Derecho, pero no sabía si se quedaría en casa con sus dos hijos pequeños o trataría de hacerse una carrera como abogada. “Parecía no haber una tercera opción”, escribió en una remembranza. Entonces leyó un artículo titulado: “Los niños necesitan 100 padres”.

Jackson decidió crear una comunidad de seis familias en una antigua granja de un suburbio de Copenhague. Las familias construyeron sus casas en torno a dos grandes prados, que se utilizaban sobre todo para jugar, especialmente al fútbol. El granero se convirtió en una casa común y se compraron tres caballos islandeses para los establos. “Elegimos no tener bardas entre nuestros jardines”, escribió. “Criábamos gallinas, cuidábamos un gran huerto común y teníamos árboles frutales y zarzales”. Se reservaban días para el mantenimiento de la comunidad. Cuando su marido viajaba por negocios, cosa que hacía a menudo, “nunca me sentí aislada”, escribió. Cuando tuvo a su tercer hijo, contó con la ayuda de otros 11 padres.

Las coviviendas (llamadas “comunidades de vida” en Dinamarca) pronto se extendieron por toda Escandinavia, los Países Bajos y Alemania; ahora hay comunidades por toda Europa, así como en Canadá, Australia y Nueva Zelanda. En la década de 1980, los arquitectos Charles Durrett y Kathryn McCamant, que entonces estaban casados y eran socios comerciales, empezaron a importar la idea de la covivienda a Estados Unidos (entre los dos han construido o han sido consultores de muchas de las comunidades de covivienda en el país). Los dos se involucraron en el movimiento porque querían tener hijos pero sus vidas parecían demasiado agitadas: “Llegábamos a casa del trabajo agotados y hambrientos, solo para encontrar el refrigerador vacío”, escribió Durrett. Así que se fueron a Dinamarca a estudiar otra manera de construir para la paternidad.



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